En las últimas semanas, cada vez que un ciudadano dentro de Irán ha protestado contra la República Islámica con el lenguaje de la crítica o la sátira, se ha desatado en las redes sociales una oleada de acusaciones: «¿Cómo se atreve alguien dentro del país a hacer algo así, a menos que él mismo sea un proyecto del régimen?». Según la valoración de los analistas de DIAR, esta etiqueta no es una reacción espontánea, sino un método calculado y de bajo coste para silenciar a los manifestantes del interior; un método que, en lugar de responder a las palabras del crítico, lo borra a él mismo de la vista de la sociedad.
El caso de Saeed Shakiba: un ejemplo claro
Un ejemplo reciente de este patrón es la fabricación de un caso judicial por parte de la fiscalía de Teherán contra Saeed Shakiba, actor de doblaje y satirista. La fiscalía le abrió un caso por un vídeo en el que imitaba la voz de Ali Jamenei y bloqueó su página de Instagram. Aun así, al mismo tiempo que la acción judicial, se difundió en las redes la afirmación de que una sátira así «no es posible» desde dentro de Irán y de que su autor sin duda colabora con el gobierno.
Los dos relatos no encajan. Si alguien fuera un «proyecto» del régimen, el sistema judicial no le abriría un caso ni silenciaría su voz. Pero la etiqueta de «proyecto» no necesita lógica para cumplir su función; basta con que siembre la duda.
Por qué funciona la etiqueta de «proyecto»
La represión directa es costosa para la República Islámica: cada detención, cada condena y cada ejecución acarrea una reacción interna e internacional y, como muestra el último informe del secretario general de la ONU, agrava su historial. En cambio, etiquetar es casi gratis. El régimen ya no necesita silenciar al crítico; le basta con hacer que su público desconfíe de sus intenciones. El resultado es la soledad del crítico: un público que ha llegado a desconfiar de él no lo defiende.
Según la valoración de los analistas de DIAR, el mensaje de este método va dirigido a toda la sociedad, no solo a una persona: si protestas, si te ríes, si cruzas las líneas rojas, en lugar de una respuesta se pondrán en duda tu identidad y tus motivos. El coste de disentir sube tanto que los demás eligen el silencio antes de actuar.
Por qué los nacionalistas son el principal objetivo
Lo que merece atención es el carácter selectivo de esta etiqueta. La mayor presión, desde el bloqueo de páginas en línea hasta las detenciones, el encarcelamiento, la tortura y la ejecución, ha recaído sobre los nacionalistas y los partidarios del príncipe Reza Pahlavi; la misma corriente que llevó a la calle las consignas nacionales y la bandera del León y el Sol en el levantamiento de diciembre-enero. Según la valoración de los analistas de DIAR, se ha visto un trato distinto hacia algunas figuras críticas de otras corrientes. Esta diferencia muestra que la República Islámica considera a la corriente nacional su principal amenaza y, para contenerla, recurre a la vez a las dos herramientas: la represión y el descrédito.
Cuando la represión y las ejecuciones no han logrado silenciar la voz de la protesta y el miedo ha perdido su lugar entre los nacionalistas, un cambio de método es lógico: etiquetar al opositor, desacreditarlo y acusarlo de ser un «proyecto».
La consecuencia para la revolución nacional de Irán
El principal peligro de la etiqueta de «proyecto» no es solo la destrucción de la credibilidad de una persona; es la destrucción de la confianza entre los opositores. Un movimiento cuyos miembros desconfían unos de otros no puede alcanzar una voz unificada y fuerte. Eso es precisamente lo que hace valioso este método para el régimen y peligroso para sus opositores.
La respuesta a este ardid es la vigilancia. Una acusación no es una prueba y la repetición no crea verdad. Toda afirmación sobre la colaboración de un crítico con el régimen debe valorarse con pruebas, no con suposiciones. El criterio para juzgar a un crítico es lo que dice y su trayectoria, no un rumor sobre sus intenciones.
En lugar de responder al crítico, la etiqueta de «proyecto» apunta a la confianza entre los opositores; una acusación no es una prueba y la repetición no crea verdad.

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